actitudliber1408.jpgTres actitudes se destacan nítidamente frente a la crisis del Sporting Cristal: Empuje, vergüenza y negación.

La primera la representan las declaraciones del jugador Luis Alberto Bonnet, quien indicó que la situación actual del club le apenaba, pero que eso no significaba que el equipo ya esté condenado a bajar a Segunda División. Ellos, según dijo, deberán ponerlo todo en la cancha para remontar esta situación.

Para Bonnet, los principales gestores del triunfo o derrota de los equipos en un campeonato son los propios jugadores. De sus chimpunes depende que el avión retome el vuelo o se vaya en picada directo a la catástrofe.

Pero tener presente el peso de la historia del Sporting Cristal, llena de logros, reconocimientos y mucha tradición, avergüenza a cualquiera que tenga algún grado de honor deportivo, al no sentir que los resultados están a la altura de lo que significa la institución en la que trabaja para el deporte nacional.

Este sentimiento se percibe en los jugadores cuando prefieren evitar los micros y las cámaras, en sus rostros cabizbajos o en sus declaraciones a media voz. La vergüenza tiene, sin embargo, su lado positivo, en el sentido que el jugador está asumiendo la parte de responsabilidad que le corresponde.

Aunque existe una tercera actitud: la negación. Esta es la más peligrosa de todas y la personifican los comentarios que hizo Carlos Orejuela, echándole la culpa a los arbitrajes. Las declaraciones, hechas en evidente tono de resentimiento e impotencia, no pueden esparcirse entre los demás miembros del equipo. Esto significaría evadir su responsabilidad y sentarse a esperar, con un puchero en el rostro, que la solución venga de terceros.

La negación de la propia responsabilidad es una evasión que podría costarle muy caro a los rimenses. Simplemente multiplicaría los fracasos en partidos futuros y se podrían hacer realidad las peores pesadillas.

Para un verdadero deportista, la vergüenza deportiva no es un lastre, sino un estímulo para remar permanentemente contra la corriente. Tarde o temprano se aprenderá a remar entre las piedras del río, pero si botamos los remos y nos dejamos llevar, terminaremos tragados por el torrente.

Foto: Libero.com.pe

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